Cuidadores VIH positivo trabajan para erradicar el SIDA en África

Cuidadores VIH positivo trabajan para erradicar el SIDA en África
Dotty Nyambok es consejera de VIH en el Centro de Salud Embakasi en Nairobi, Kenia. Va a la mitad de su lista de pacientes, cuando dos niñas ingresan a su tienda de campaña.
Helima, de 18 años de edad, está aquí porque sospecha que ha contraído el VIH de su novio, y su amiga Winny la acompaña para darle apoyo.
Dotty comienza un ritual cotidiano: desprende la envoltura de una aguja esterilizada, con la que pica el dedo de Helima y hace que la sangre caiga en una tira reactiva de prueba. Luego pone el temporizador: 15:00, 14:59, 14:58…
Mientras esperan, Dotty le pregunta a Helima qué piensa que sucederá si su resultado sale positivo. Seria y con seguridad, Helima responde que morirá.
En ese momento, Dotty comparte algo de sí misma. Es una información que ella revela cuando detecta que una persona siente una gran necesidad de consuelo y esperanza.
“Yo soy VIH positivo”, dice Dotty. “Así que si tienes VIH podrás seguir viviendo, ya que estarás tomando tus medicamentos”.
Las niñas intercambian expresiones de sorpresa y sonrisas tímidas en la tienda de campaña en Embakasi, una instalación cuyos servicios de tratamiento para el VIH han sido apoyados por la asociación de Apple con (RED) desde 2012.
Desde que fue fundada por Bono y Bobby Shriver, (RED) ha recaudado más de 600 millones de dólares para apoyar al Fondo Mundial en su lucha contra el SIDA, tuberculosis y malaria. De esa cantidad, 200 millones de dólares han sido producto de la asociación con Apple, que es el donante corporativo más grande de la organización.
El año pasado, Kenia presentó 53,000 nuevos casos de VIH. Las mujeres jóvenes se infectan al doble de la tasa de los hombres jóvenes. A pesar de lo elevado que parecen los números, en realidad son una notable mejoría cuando se les compara con los años anteriores.
En el año 2000, un impactante 9.3 por ciento de todos los adultos en Kenia era VIH positivo. Al mismo tiempo, y debido a que los suministros de medicamentos eran escasos, los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud estipulaban que los fármacos antirretrovirales que salvan vidas, únicamente debían administrarse cuando el conteo de CD4 —con el que se mide el sistema inmunológico del paciente— caía por debajo de una marca mínima. Esto significaba que los pacientes tenían que estar extremadamente enfermos para tener acceso a los antirretrovirales, y que, para muchos, ya era demasiado tarde.
5:27, 5:26, 5:25…
Ese panorama desolador fue parte de una historia reciente, cuando Dotty descubrió que estaba embarazada en 2007, a la edad de 19 años. Durante una visita prenatal, un médico le dijo a Dotty que era VIH positivo, y la remitió a una clínica de tratamiento ubicada a dos horas de distancia. No hubo consejo, ni compasión, y mucho menos seguimiento.
Esta experiencia la traumatizó, dejándola en un estado de negación —no le avisó a nadie sobre su condición y tampoco buscó tratamiento.
El hijo de Dotty murió en sus brazos con tan solo 6 semanas de edad. Se le sepultó en una caja de aceite para cocina —la más pequeña que pudieron encontrar.
Unos meses más tarde, Dotty acudió al Centro de Salud de Embakasi.
Es una de las miles de instalaciones en Kenia, y otros siete países en el África subsahariana, que comenzó a recibir apoyo del Fondo Mundial en 2002.
El Fondo Mundial ha ayudado a cambiar radicalmente el acceso al tratamiento para el VIH, y proporciona a 17.5 millones de personas fármacos antirretrovirales, mismos que ahora están disponibles desde el momento en que el diagnóstico es positivo. Como resultado, Kenia ha visto una baja del 52 por ciento en nuevas infecciones de VIH desde el año 2000. A partir del año pasado, solo 4.8 por ciento de todos los adultos era VIH positivo.
“Decidí brindar consejo y asesoría porque no quiero que se repita lo que me sucedió”.
En 2009, Embakasi abrió una Clínica de Cuidados Integrales (CCC, por sus siglas en inglés) para los pacientes con VIH, que distribuye antirretrovirales gracias, en gran medida, a los donativos al Fondo Mundial.
“El Fondo Mundial y (RED) han tenido un gran impacto en las vidas de los pacientes que son VIH positivo”, dice Robina Anene Muli, quien dirige el Centro de Salud de Embakasi. “Especialmente cuando se trata de kits para pruebas y diagnóstico, antirretrovirales y otros fármacos —ellos aportan el 80 por ciento de nuestros suministros y financiamiento”.
3:13, 3:12, 3:11…
Durante su primer año en Embakasi, Dotty conoció a las Madres Guía, un grupo de compañeras educadoras que son VIH positivo, y que han dado a luz a bebés que son VIH negativo después de haber tomado antirretrovirales. El grupo se creó como parte de la expansión del CCC con donativos del Fondo Mundial.
Después de unos meses de tratamiento, Dotty se enteró que estaba embarazada otra vez.
El 7 de noviembre de 2009, Dotty dio a luz a un niño sano. “Ahora tengo una razón para vivir”, dice. “Gracias a Morgan. Él salvó mi vida”.
Cuando Morgan tenía seis meses de vida, Dotty hizo una solicitud para ser una Madre Guía en Embakasi.
“Decidí brindar consejo y asesoría porque en verdad no quiero que se repita lo que me sucedió”, dice Dotty. “Mi propósito es llegar al corazón de una persona —y cuando me toca diagnosticar a alguien, siento como si tuviéramos una conexión”.
En muchas instalaciones, los compañeros educadores que son VIH positivo, como Dotty, están cambiando la forma en que la gente vive con VIH.
“Los compañeros educadores son una pieza vital de los programas para el tratamiento de VIH que resultan más efectivos”, dice Luisa Engel, directora de Impacto en (RED). “Su trabajo garantiza que la información que salva vidas llegue a la gente que más la necesita, y actúan como una fuerza poderosa contra el estigma”.
Hace tres años, Dotty comenzó una nueva función en Embakasi como Consejera en la Prueba y Diagnóstico de VIH. A veces se aplica una prueba de VIH frente a sus pacientes para probar que tiene el virus y para mostrarles que es posible llevar una vida plena y vibrante.
“Me gustaría ver una percepción distinta sobre el VIH”, dice Dotty. “Y eso es lo que espero lograr cuando revelo mi condición”. 
:03, :02, :01… 
De vuelta en la tienda de campaña de Dotty, los resultados de Helima están listos. Dotty coloca la tira reactiva de prueba en medio de las muestras que ilustran los resultados positivos y negativos.
“Dime lo que ves y lo que significa”, dice Dotty.
“Negativo”, dice Helima. En un instante la tensión se disuelve. Después de una plática sobre cómo protegerse, Dotty despide a las niñas con un abrazo afectuoso.
Mientras Dotty camina a casa esa noche, pasa por algo de carne para cocinar la cena en el calientaplatos del departamento de un solo cuarto que comparten ella y Morgan, quien ahora tiene nueve años de edad.
Después de la cena, a las 19:58, suena la alarma en el teléfono de Dotty. Marca el inicio de un ritual que ambos han repetido todas las noches durante los últimos dos años —desde que Morgan tuvo edad suficiente para comprender la enfermedad de su mamá.
Morgan se dirige a una cómoda pequeña, saca un frasco de píldoras y con mucho cuidado extrae una de ellas. Luego entrega el antirretroviral a su mamá, quien lo ingiere con agua.
Estas son las fronteras de la lucha contra el SIDA en África. Y es así como se gana, con una expresión de amor y un acto de generosidad, a la vez.
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